Kölle



¿Por qué no ves lo que ves?
L.M.M.








Los veinticinco minutos que le tomaba al tren llegar a la estación central le daban a Vânia la oportunidad de hacer varias cosas a parte de leer. Una distracción recurrente era observar en detalle los rostros de aquellos a su alrededor: gente riéndose, gente durmiéndose, gente tensa pre-ocupándose, gente con un gesto de nostalgia y la mirada perdida. Nada, empero, la fascinaba más que ver parejas jóvenes demostrarse su afecto haciendo caso omiso a más de una mirada curiosa en el tren.

Una vez fuera de la estación central, Vânia siempre pasaba largo rato contemplando el Dom, la famosa catedral de la ciudad, ennegrecida por tanta contaminación y en perenne reparación. Todo el trajinar alrededor de la catedral se le revelaba como un óleo vivo: estaban, como no, los eternos turistas sacándose fotos con la catedral de fondo; los siempre sonrientes vendedores de salchichas; los alcohólicos locales con su semblante cuarteado y amarillento; los punks con sus cortes de pelo espantosos; los fanáticos religiosos anunciado el fin de los tiempos; los tíos esos que repartían volantes para fiestas que a menudo eran fiestas gay; los policías en sus tristes trajes verdes; y estaban también los dibujantes retratando la vida suceder, absortos en su arte, pero, eso sí, sin dejar de ser cool en sus ropas, actitudes y gestos ni un solo instante.

Aparte de la del Dom, solo había otra vista que la hacía enmudecer. Era la del Rin visto desde un costado de la catedral. El Rin magnífico e incesante, mucho más viejo que los ocho siglos de la catedral. Allí, entre estos dos colosos, Vânia pasaba horas contemplando todo tirada sobre el césped o sentada en alguna banca. En los tres meses que pasó en Kölle, Vânia llegó a conocer a mucha gente en esta parte de la ciudad. La mayoría era gente de paso que llegaba a la ciudad sólo por el Dom y el Rin. Florian, en cambio, llegó por los Liftplaats, algo que él admitió a carcajadas. Cuando Florian le hizo esa confesión, Vânia pensó que mentía, pero no. Él había llegado desde Nantes para seguir su viaje de verano tirando dedo desde alguno de los muchos Liftplaats en la ciudad.

Después de aquel primer encuentro, Florian y Vânia no volvieron a verse hasta dentro de dos meses. Coincidieron - adivinan sí - a las afueras del Dom y Vânia supo que ese reencuentro sería el evento más afortunado de su verano en Alemania. A través de la charla sincera y desinhibida que caracteriza el diálogo de muchos viajeros, Vânia y Florian se confiaron repetidas veces diferentes episodios íntimos tumbados en el pasto que crecía muy cerca del Rin. Descubrieron que ambos tenían la risa pronta y que gustaban más de la lectura que de la tele. Un transeúnte habría notado también que ambos conservaban algo de aquella curiosidad fresca y rebosante que solemos perder cuando dejamos de ser niños.

Puesto que ninguno de los dos hablaba alemán, se comunicaban en portugués y francés. Así pues, en lenguas ajenas al lugar, celebraron su rencuentro con una larga y animada charla en unos de los lugares cerca al Rin. Después de cenar, el lenguaje corporal de ambos empezó a insinuar que los dos querían ser uno. Y con el gozo que causa la posibilidad de compartir un lecho en dos que se desean, ellos salieron en busca de un lugar para bailar.

Ya en el departamento de Florian, por fin se atrevieron a besarse. Instantes después sus cuerpos se trenzaban al costado de un sofá.

Cuando el calor de la mañana la despertó, Vânia se descubrió parte del cuerpo y tuvo una mala corazonada. Se mordió un labio mientras pensaba en que iba a echar de menos a Florian demasiado. Ah no importa. La hemos pasado tan bien. La mala corazonada no perdió fuerza y entonces Vânia procuró juntar su cuerpo al de él. Al hacerlo, un grito mudo se produjo en su garganta. Y es que había palpado una masa frágil y seca que se sentía como papel. Cuando por fin abrió sus ojos, se maravilló al ver una pupa gigante en lugar de Florian. Se acercó con curiosidad y con cierta reverencia. Y aunque todo tipo de ideas vinieron a su mente, permaneció en silencio contemplándolo. Pasó un largo rato así hasta que creyó reconocer el verde de los ojos de él en alguna parte del cuerpo inmóvil dentro de la pupa.

Pupa. Kölle. Lindo. Homem. Kölle. Kölle, dijo con ternura. Se preguntó si él también tendría calor. ¿Cómo saberlo? Igual, lo destapó completamente. Sin ningún tipo de prisa recogió las prendas de ambos y las dobló con devoción. Dijo que tenía sed y se sirvió varios vasos de agua que tomó sentada en la alfombra. Kölle, dijo en voz alta, mi hermana está un poco mal ahora, pero si estuviese sana y fuerte le encantaría conocerte. Estoy segura de que le caerías bien. Pasó entonces a contarle más sobre ella y su familia. Con mucha emoción, aquella que nos impulsa a frotarnos las manos, le confesó detalles de su niñez y adolescencia que no se había atrevido a compartir con nadie antes.

No paró de hablar hasta que se convenció de que lo que sentía no era sed sino hambre. Buscando que podría prepararse entró en una cocina tan inmaculada como bien surtida, se deleitó sabiendo que su hombre comía bien. Maceró trozos de pollo en aceite de oliva. Y agregó vinagre, pimentón, pimienta y ajos. Se decidió también por pecanas y castañas y puso todo al horno. Casi una hora después cenaba junto a Florian. Ella le volvió a hablar exclusivamente de sí misma sin el menor remordimiento de parecer ególatra. Y hablaba y hablaba, y gesticulaba con avidez. Movía su cabeza con gracia y sonreía con todo el cuerpo.

Antes de la medianoche, Florian creyó reconocer un sonido. Se esforzó en interpretarlo por tercera vez, pero no supo bien lo que era. Y aunque de cuando en cuando el ruido llegaba a ser demasiado alto, éste era reconfortante de alguna manera. Un verdadero alivio que rompía la monotonía de una noche obtusa e indiferente a las convulsiones espantosas que flagelaban su cuerpo. El sonido familiar (Vânia roncaba) continuó toda la noche.

Su cuerpo era mucho más largo ahora y estaba dividido en varios segmentos. Una sucesión vertical de rayas negras, blancas, verdes y amarillas atigraban el cuerpo que se apoyaba sobre una larga hilera de minúsculas patas. Todos estos cambios eran obvios, pero cuando Vânia se despertó ella no supo reparar más que en los bellos colores de este nuevo cuerpo. Lo tocó y lo sintió blando. Le era gracioso ver que para movilizarse Kölle primero debía replegar la mitad posterior de su largo cuerpo de atrás hacia adelante en un ángulo tan elevado que parecía que se iba a caer de bruces. Y ella pensó en acordeones y en resortes mientras veía el cuerpo desplazarse por el departamento. No le tomó mucho tiempo darse cuenta que sus desplazamientos alrededor de la cocina significaba que Kölle tenía hambre. Le puso un trozo de pollo en el suelo, pero lo ignoró. Ay Kölle, ¿qué te puedo dar? Piensa Vânia...

En la espera, dos, tres, cuatro maceteros perdieron sus inquilinas. Kölle gustaba de las plantas.

Vânia lo observaba comer y se sentía feliz al ver las ganas con las que comía. Mientras se alimentaba, Kölle, si bien de manera casi imperceptible, emitía un sonido grave cuya lenta prolongación le confería, a primera instancia, una cierta reminiscencia cetácea y luego más bien parecía ser el eco lejano de un diyiridú. Era eso sí un sonido que la hipnotizaba. Y así, absorta y envuelta por la extraña reverberación, observaba todo con deleite y sin prisa. Alguien ajeno a todo esto habría dicho que estaba meditando.

Vânia se sintió muy rara cuando se despertó. En silencio y sin abrir los ojos aún comenzó a retroceder visualmente en todo lo que había ocurrido entre los dos. Yendo de atrás hacia adelante en el esquema de cosas que había compartido con él, vio detalles que no había notado cuando estuvieron juntos. Siguió así, callada y con los párpados cubriéndole los ojos, tumbada sobre la cama por mucho rato. Yendo de atrás hacia adelante; de la última experiencia a la primera, uno se puede liberar de muchas cosas. Yendo de atrás hacia adelante borramos las huellas que dejamos en el suelo. La ausencia junto a ella le confirmó que él había seguido la misma trayectoria. Alguien ajeno habría dicho que Kölle se había vuelto un huevo.


Savannah, noviembre del 2008