Sandra

I know what I don't want, but I don't know what I want
S.M.D.O.
No hay muchas personas de las cuales poder hablar acerca de mis días en Welwyn Garden City. ¿Dónde está Welwyn? Pues, desde Londres - si es que el tren no hace muchas paradas - se llega allí en media hora. Decía que no hay muchas personas de las cuales poder hablar. Empero, hay alguien, Sandra, de quien puedo escribir mucho.

Recuerdo muy bien como la conocí. Yo estaba hospedado ya en el YMCA local cuando la llevaron allí hasta que pudiese encontrar un apartamento en la ciudad. Rubia, de una blancura inmaculada y estatura mediana, vestía jeans y una camisa a cuadros cuando la vi en la recepción del hostal. No sé si esta descripción previa ayuda en algo, pero tengo que dejarlo en claro: Sandra a sus 23 años, con sus vivaces ojos esmeralda y otros encantos dobles, era, es , lo comprobé hace poco mientras chateábamos, una mujer hermosa.

Yo, a escasos pasos de la recepción, intentaba hacer una llamada de larga distancia internacional. Con las manos ocupadas en el teléfono, pero con los ojos bien puestos en ella, me enteré de que era francesa y, más interesante aún, de que había llegado hasta Welwyn para enseñar francés.

Una media hora después de eso, justo en el momento en que el cielo se rayaba de colores que anunciaban el final de la tarde, nos encontramos en la sala de espera del hostal. Me presenté con la mejor de mis sonrisas y hablando en inglés. Durante nuestra charla me parece que ambos sentimos la complicidad que sienten dos extraños que se conocen en un lugar ajeno a ambos. Además, habíamos viajado hasta Welwyn por la misma razón…mmm, esto no es exacto. Llegamos hasta Welwyn para hacer el mismo trabajo, sí, eso es más exacto.

Ahora bien, hay muchas cosas que podría contar de ella, algunas de ellas impublicables por un par de razones que no discutiré ahora sino hasta un próximo relato. Después de varias consideraciones, hemos creído conveniente enfocarnos en cosas menos comprometedoras. Así pues, les contaré que esa charla en el hostal fue sólo la primera de muchas más durante un total de 9 meses que llegamos a pasar en Welwyn.

En todo ese tiempo, conocimos a otros assistants, como nos llamaban en inglés. En el condado en que estuvimos, Hertfordshire, habíamos austriacos, suizos, alemanes, hartos franceses, creo que tres latinoamericanos y una italiana me parece. Todos allí para trabajar como teacher assistants (aunque algunos éramos ya profesores en nuestros países de origen) en escuelas secundarias enseñando nuestras lenguas maternas. En Welwyn, éramos dos franceses y yo; empero, a menudo nos veíamos con otros assistants que vivían en ciudades vecinas como Harpenden, Hertford y Stevenage. De todos ellos, no puedo contar mucho ahora, necesitaría una novela y, que quede claro, este es un cuento.

Como decía, en Welwyn éramos tres assistants: Sandra, Steven y yo. Los tres vivimos en el YMCA durante casi dos semanas, una experiencia que nunca olvidaremos, no por lo especial, sino por lo fatal. El lugar nos decepcionó demasiado pronto; para no herir susceptibilidades y obviar esta parte un tanto aburrida, basta decir que la gente que frecuentaba el lugar no era el tipo de gente con la que estábamos acostumbrados a tratar. Igual el lugar nos marcó, sobre todo a mí (Sandra y Steven ya habían visitado Inglaterra años atrás). Mi estancia en este lugar fue pues mi primera experiencia inglesa. La famosa canción setentera YMCA adquirió un significado diferente después de todo ese tiempo viviendo allí.

En esos primeros días, Sandra, Steven y yo, comenzamos a explorar Welwyn y descubrimos muchas cosas en la ciudad: el por qué de la alusión a los jardines en su nombre (Welwyn Garden City ); el pequeño centro de la ciudad con su gran centro comercial, The Howard Centre ; pubs como The Cork (punto de encuentro por excelencia para nuestro grupo); el pequeño puesto ambulante de fish and chips; los varios taxistas indios con su piel oscura y sus ropas claras; y las tiendas de caridad que vendían de todo y barato.

Fue en aquellos días también, en que todo lo hacíamos juntos. Cada vez que salíamos a explorar Welwyn, íbamos los tres. Hicimos cosas juntos hasta la saciedad y no pasó mucho antes de que empezáramos a tener malos entendidos. Por ejemplo, recuerdo que una noche me exasperé y perdí la paciencia en la casa de Sandra. Como lo recuerdo ahora, me llegó, que una vez más, se empeñasen a hablar sólo en francés estando yo presente. Yo entendía el idioma lo suficiente como para saber de lo que hablaban, pero no podía expresarme con la rapidez de ellos. Esta dinámica era común en realidad, pero, nunca se prolongaba más de un rato y no pasaba mucho antes de que los tres volviésemos a hablar en inglés. Aquella noche nostálgica, sin embargo, su charla en francés me pareció inflexible, interminable y egoísta; me exasperé y los dejé en la mesa con la cena, la habíamos preparado los tres, a medio terminar.

Según lo recuerdo ahora - trato de ser lo más veraz y exacto posible - esa fue una de las últimas veces que nos reunimos sólo los tres. A las pocas semanas del incidente (ya habíamos dejado el YMCA dos meses atrás), Sandra se convirtió en mi vecina. Creo que celebramos el evento con una cena con muchos vegetales, pescado, y vino en copas de plástico. Tenemos una foto de aquella ocasión. Se nos ve a ambos en el pequeño estudio en la casa en la que viví allá. Si uno mira la foto con interés, se pueden observar distintos detalles: varias fotos en la pared del estudio (la dueña de la casa era fotógrafa), el mantel bordado blanco, los platos, las copas de plástico, el cabello recogido de Sandra en un moño y los lentes plateados que en ese entonces yo usaba todo el tiempo.

Como buenos vecinos, nos visitábamos a menudo para ver pelis, comer, escuchar música y, sobretodo, para charlar. A veces nos quedábamos en el barrio y otras nos íbamos caminando al The Cork, el pub más cerca a casa. Eran pocas cuadras las que teníamos que caminar hasta llegar al pub y las caminábamos con gusto. Después de todo, ése era nuestro rato cómplice: de amigos, de extranjeros lejos de casa adaptándose a gente y costumbres nuevas y a las frías, húmedas y grises tardes inglesas.

Caminábamos un tanto rápido con las manos en los bolsillos de los abrigos y exhalando vaho mientras mirábamos las estrellas. Casi siempre hablábamos de lo que fue: anécdotas, amores, logros, fracasos, el día en la escuela…otras veces, hablábamos de lo que podría ser: trabajo, amores, sueños, viajes, el día que venía…es curioso como casi nunca mencionábamos el presente. Quizá nos daba miedo hallar cosas inmanejables, quizá.

Una de esas veces en el The Cork sucedió algo muy singular. Como nos era usual pedimos cerveza y jugo en la barra; los bartenders ya nos conocían y ya no reaccionaban extrañados a nuestro pedido. No teníamos una mesa preferida, pero, por instinto, buscábamos esquinas oscuras donde poder conversar y sentirnos a nuestras anchas.

La noche en que esto sucedió, hablamos mucho sobre la infidelidad. El punto central de Sandra era que cualquier hombre, ya sea con o sin pareja, que tuviese al frente a una mujer atractiva quien lo seduzca, siempre termina “enredándose” con esta mujer imaginaria. Mi tesis era simple: no todos los hombres somos iguales. Como buenos géminis que somos, elaboramos toda serie de argumentos elocuentes, cada quien en busca de dejar dicha la última palabra.

Me parece - me he esforzado mucho en recordar esto bien - que aquella vez pedimos una orden extra de trago y Sandra pidió cerveza esta vez. Sandra había elaborado algunas ideas muy sólidas a favor de su argumento y me costaba mucho encontrar alguna respuesta firme.

No sé si ella llegó a pensar lo que yo, ¿el debate éste era tan abstracto como pretendíamos? ¿Hablábamos de otros en realidad? Quizá estas preguntas se me ocurrieron sólo a mí, quizá. Lo cierto es que Sandra se ponía cada vez más vehemente y hablaba con mucha energía y pasión. Su ímpetu era obvio en la forma en que cerraba sus manos en un puño y en la manera en que, apoyándose en sus antebrazos, se recostaba sobre la mesa y me miraba directo a los ojos para decirme que todos los hombres eran malditos e insensibles, y otras cosas más fuertes en francés. No me costaba ningún esfuerzo no tomarme esto de una forma personal, entendía que ella hablaba de una forma muy general y los insultos en francés me revelaban la psiquis de Sandra. Además, me gustaba pensar que era yo el que estaba manejando mejor nuestro debate, el cual por cierto estaba atrayendo algunas miradas curiosas en el pub por las interjecciones en francés que lanzaba Sandra.

Creo que ella se comenzó a dar cuenta de que sus argumentos habían perdido elocuencia cuando, de repente, se halló usando las mismas premisas una y otra vez. Mientras esto sucedía, me di cuenta que era martes, había más gente de lo normal en el lugar y que, siendo casi las 11 de la noche, nos quedaba poco ya antes de que toquen la campana y cierren el pub.

El puño fuerte sobre la mesa - fue la primera vez que noté lo grueso de sus dedos - nos puso en la conversación de todas las mesas alrededor e inclusive en la de los que jugaban a los dardos. Era obvio que se había alterado, no era necesario ver el brillo en sus ojos o el rubor en su rostro. No tuve que decirle que debíamos irnos ya, cogimos nuestras bufandas y salimos por la puerta de atrás. Además de humedad y una neblina espesa, había tristeza en la noche, ¿cómo no sentirse nostálgico así?

Sandra me pidió disculpas al salir, yo las acepté. Le dije que cosas así pasan a veces, no big deal. Me parece que ella estaba muy ansiosa por lo que yo pudiese estar pensando de ella en ese momento. Yo no pensaba nada, sólo nos veía a ambos solos entre la neblina y el césped húmedo. Sandra articulaba palabras que yo ya no escuchaba. Pronto, llegamos a estar cerca de casa. Venía ahora esa calle curiosa que a menudo estaba llena de caracoles sin concha que se arrastraban hacia los arbustos y jardines.

La primera vez que nos dimos cuenta de los caracoles – y es que era nuestra costumbre caminar mirando al cielo - fue cuando los vimos aplastados debajo de nuestros zapatos. Desde aquella vez, cruzábamos aquella calle como si fuese un sitio minado. Lo hacíamos con cuidado y nos tomaba mucho tiempo recorrer la calle. No tanto por los muchos caracoles que esquivar, sino más bien, porque a menudo nos quedábamos mirándolos. Nos encantaban con su lentitud y lo viscoso de su cuerpo. Era una de esas maravillas que dejamos de admirar cuando nos volvemos adultos. Éramos niños entonces, allí en esa calle encantada donde se detenía el tiempo y nos sentábamos sin sentir el frío ni temer a la oscuridad.

Esa noche nos sentamos también y fuimos niños. Nos sentíamos tan bien, sin prisas, sin que nos importara que nuestros pantalones se mancharan al sentarnos en las sucias veredas de asfalto tan comunes en Welwyn. Nos quedamos viendo a los caracoles en silencio varios minutos hasta que Sandra me dijo que todo se veía como un mar negro con olas que no dejaban de formarse, “un mar sereno… negro e infinito.” Yo le dije que iba a extrañar mucho a los caracoles cuando me fuese de Welwyn y que un buen día iba a tallar un caracol sin concha en madera.

Por alguna razón, momentos como aquel son muy comunes cuando se vive en otros países. Pequeños tesoros deliciosos que nos dan tanta felicidad. Mientras pensaba eso sentado en la vereda de asfalto, Sandra movió su cabeza como si negase algo. Me miró con sus luciérnagas verdes y, sin decir nada, se apoyó en mi hombro. No diré mucho de las campanadas de medianoche que retumbaban a lo lejos. Tampoco me explayaré en lo que sucedió inmediatamente después. Basta decir que creí ver algo en sus luciérnagas y que, después de unir nuestros labios por un largo rato, Sandra se puso de pie, inhaló profundo, y, con voz triste, sentenció: “Todos son iguales.”

4 de septiembre del 2006