El día que murió Ayrton Senna

Then suddenly something just kicked me. I kind of woke up and realised that I was in a different atmosphere than you normally are. My immediate reaction was to back off, slow down.
Ayrton Senna

Aquel día, 1 de mayo de 1994, fue un día sin ganas de salir. Con una taza de café de cebada en mis manos, vi como el 30 de abril se volvía 1 de mayo a la medianoche y yo - desde la ventana - le gritaba a cualquier borracho dispuesto a orinarse en el jardín de la casa que se buscase otro sitio. En aquella época tenía 20 años y, como es usual en el país en el que me crié, aún vivía con la familia. Hacía un año que había dejado la universidad por falta de dinero y este hecho me había dejado lleno de ideas extrañas acerca de lo que se venía para mí.

Déjenme decirles que mayo es sinónimo de cumpleaños para mí. Varios conocidos y algunos familiares cumplen años ese mes. Aun así, estos cumpleaños siempre han sido una cosa distante. Para empezar, nunca he sido muy afín con estos conocidos, por lo que sus cumpleaños son eventos que nunca anticipo. Y a pesar de que varios tíos y primas que estimo celebran su día en mayo, todos ellos viven en otras ciudades muy lejos de aquí, así que nada; aunque mayo anuncie varios cumpleaños y sus fiestas respectivas, mayo siempre me ha sabido insípido.

Aquel domingo primero, me levanté temprano para abrir la bodega antes de las 7. Me gustaba mucho estar en la bodega; estar allí era casi como tener mi propio departamento, sí, así me sentía. Allí podía escuchar toda la música que me gustaba sin tener que pelearme con mis hermanas por nuestras estaciones favoritas. Escuchar mi música favorita me ponía en buen ánimo y eso muchas veces se traducía en leer bastante, ser muy conversador con la clientela y estar con ganas de vender mucho. Aquel domingo empecé vendiendo bastante arroz y azúcar. El primer cliente en llegar fue un mecánico de uno de los tantos talleres que había a lo largo de la avenida principal a media cuadra de mi casa. Recuerdo que me pidió un cuarto de kilo de azúcar y 5 panes. Esa primera compra no prometió un buen día, pero no pasó mucho antes de que llegaran más personas. Llegaron y pidieron diferentes cosas, aunque – curioso, muy curioso - si no era arroz, era azúcar; no obstante nadie llevó las dos cosas a la vez, cosa más rara. Llegaron tantas personas entre las 7 y las 9 de la mañana que vendí como nunca antes en nuestra pequeña bodega, todo un récord. En la sala, detrás de la tienda, la abuela (una mujer de lo más singular quien solía atribuir su sapiencia a los 3 maridos que tuvo) se quedó murmurando: “Agnus – mi nombre – azúcar, arroz. Tres veces a.”

Como a las 10 de la mañana llegó Harold a hablar del único tema que le interesaba: libros. Siempre me ha llamado la atención gente como Harold, gente que se aferra tanto a un solo interés que se vuelven apáticos a otras posibilidades. Harold y sus libros eran como mi vecino Marcus con sus viejos elepés que cada día sonaban peor; como la señora Mercedes y todas sus miniaturas de porcelana; como Jessica, la modista, y sus innumerables llaveros. Todos coleccionistas doctos capaces de articular monólogos intensos sobre sus objetos de culto, monólogos – todos ellos – desproporcionados y aburridos. Especialistas cuyos dominios son la única esfera en la que quieren brillar…Ese día, Harold llegó con dos libros: Las claves numéricas en torno a Gengis Kan y De Malta con amor. Harold me sorprendió con su interés en Gengis Kan. Igual la sorpresa fue bienvenida; empero, después de leerme un par de páginas y escucharle elaborar sobre la importancia de ciertos números en la vida y muerte de aquel emperador mongol, decidí que el libro era ridículo y que iba a investigar a su autora, una estadounidense.

De donde vengo, los mayos son un tanto fríos y no tienen mucho de especial; no hay ningún festival importante, ni siquiera un feriado o por último ni una procesión, nada de nada. Es por eso que no me parece exagerado afirmar que en mi país la gente vive los mayos recordando el verano y soñando con las fiestas de junio.

En la bodega, Harold objetaba cada uno de mis argumentos en contra de Las claves numéricas con tesis improbables y harto abstractas. Le molestaba ser interrumpido por los clientes quienes comenzaban a venir más seguido a la bodega, y no era por carne. Me explico; nosotros no vendíamos ningún tipo de carne, bueno las latas de atún era la excepción; pero, eso era todo. Esto me parecía ideal porque no me imaginaba despedazando pollos o res al gusto de los ‘devoradores de cadáveres’ como los llamaba la abuela. Mis hermanas sugirieron que si no íbamos a vender ningún tipo de carne, pues teníamos que vender cerveza para poder captar clientela. La cerveza y el carisma de mis hermanas eran pues aspectos fundamentales en nuestra bodega.

Harold y yo estuvimos de acuerdo con que De Malta con amor era la peor novela que Regina Lazo había escrito. Una historia en la que el tema del incesto se revela forzado desde su primera mención y, peor aún, una historia en la que se puede anticipar el final desde la página 35 (de un total de 200); o sea el libro era, a nuestros ojos, tan fatal como una telenovela mejicana. Harold se alegró sobremanera de nuestro acuerdo en esta crítica y decidió darle forma en una nota que llevaría nuestros nombres y que planeaba publicar en el boletín informativo de su facultad.

Ese mayo del 94 fue muy diferente a muchos mayos anteriores y a todos los que le siguieron después. La carrera de San Marino fue como el festival que hasta el día de hoy le falta al mes de mayo en nuestro calendario nacional. La carrera prometía un duelo interesante entre Ayrton Senna y Michael Schumacher. Yo era un fanático apasionado de las carreras de Formula 1 (la culpa de que ya no lo sea la tiene Schumacher) y Ayrton era el corredor que más me interesaba. El tipo era fenomenal, intrépido y muy habilidoso, sobretodo cuando llovía; verlo correr siempre ha sido un placer.

A eso de las 11, Paula y sus crespos negros entraron a la bodega preguntando por una de mis hermanas. Cuando le dije que ella no estaba, pero que tenía que volver antes de la 12 porque a esa hora yo me iba, Paula y sus negros crespos me preguntaron por qué tenía que irme al mediodía. Yo - con esa manera cortante tan mía en aquella época – le dije que era asunto mío, a lo que Paula respondió torciendo la boca y la nariz. Al irse Paula, Harold me dijo que ella se merecía que le hablen así – “la tipa se jura la más guapa de todas, pero ya ves no todos se mueren por ella.” Estaba a punto de responderle a Harold, cuando la radio se apagó. Pensé que el enchufe se había movido así que lo moví hacia los costados, pero nada.

“Se ha ido la luz.”

“¡No puede ser!” “Hoy día corre Senna.”

“¡Ya fuiste!, tú sabes que cuando la luz se va es por horas.”

“¡Qué asado!, he esperado esta carrera toda la semana. ¿Por qué justo hoy?”

La abuela corrió la cortina detrás de nosotros y sentenció:

“Hijo, trata de vender todos los helados. Si es posible remátalos a la mitad.”

Yo no tenía cabeza para helados, tenía que ver a Senna correr, había esperado este domingo tanto, ¡tenía que hacer algo abuela! Harold sugirió jugar ajedrez para matar tiempo. ¿Ajedrez en vez de Senna? Harold dijo otras cosas más sin sentido, hasta que mis hermanas volvieron a la bodega. Entraron hablando de Kurt Cobain, pero al notar mi cara triste callaron y, me pareció así en ese momento, entendieron que era por el corte de luz. Les dije lo de los helados y Harold y yo nos hicimos paso hacia la sala a través de la gruesa y vieja cortina guinda que separaba la bodega del resto de la casa.

La sala de la casa era en realidad un ambiente que habíamos improvisado en la extensa área que alquilábamos en un edificio de 5 pisos. La abuela, mis hermanas y yo no quisimos alquilar el sitio la primera vez que nos lo mostró la dueña; un rectángulo gris enorme de techo alto con un piso de cemento sin pulir salpicado de manchas de grasa; o sea, un ex garaje. Al final -uno que vino después de meses de buscar en vano otras casas que alquilar - la dueña nos permitió ocupar el sitio gratis con la condición de que cuidásemos la huerta que había en el primer piso. En esta sala pues con libreros que hacían de muros y cortinas que hacían de puertas, Harold y yo nos sentamos en uno de nuestros pequeños mueble de junco. Comíamos algunos helados que nos había traído una de mis hermanas y hacíamos hora ojeando algunos catálogos de cosméticos mientras esperábamos que la comida esté lista.

Lo lúgubre de la sala – la única ventana estaba al final del piso, en la cocina, justo antes de entrar a la huerta – y el silencio de un domingo lento en una casa oscura sin cuartos y paredes me hizo sentir triste y abandonado. Bostecé y me recosté sobre mi lado izquierdo y sentí el fierro duro bajo el junco gastado del mueble. Harold, sentando en el centro del mueble, me miró y se sonrío. Yo le sonreí de vuelta mirándolo como cuando uno mira sin mirar o como cuando uno mira a través de alguien; los ojos, la mirada están allí, pero uno está ausente. Harold, ahora lo sé bien, entendió algo que nunca dije o pensé y, con brusquedad, trató de besarme. Su brazo encontró mi espalda tan rápido como su cara a la mía. Yo le empujé fuerte con un gesto de disgusto, quise insultarle, pero las palabras se atoraron en mi pecho.

“Fanáticos del fútbol, el marcador es inapelable: ¡cuatro a cero! El partido está totalmente decidido y quizá también el campeón del torneo de fútbol nacional. ¡Además, sensacional, hoy temprano murió el corredor Ayrton Senna! Conozca todos los detalles en Deporte Plus a las 9pm.”

Diciembre del 2006