Sucedió hace mucho tiempo. Era la época en la que había vuelto a casa después de una ausencia de dos años. En mi primera salida por las nebulosas calles de mi ciudad natal, deambulé sin rumbo fijo en busca de algún rincón que hubiese conservado algún recuerdo de días pasados ya.
Así pues, con esa nostalgia de la buena - aquella que nos hace llevar una mano a la mejilla mientras sonreímos - cada piedrita en el pavimento me ayudaba a verme adolescente y ágil, balde con agua en mano, correteando a mi vecina en carnavales. El viejo portón azul de una quinta me remitía a mis amigos y todo nuestro alboroto jugando a los siete pecados por las noches. En una calle muy estrecha pude ver a mi viejo, joven aún, riéndose jugando fútbol conmigo y todos mis amigos. Me detuve y tragué saliva. Una pausa para saborear todo lo que uno siente cuando vuelve a su lugar de origen después de mucho tiempo.
Muchas calles y avenidas más allá, pasé por mi antigua facultad de farmacia y recordé los años en que tuve algo con una compañera de clase. Angie se llamaba, la esposa de un oficial de policía…yo sólo tenía 19 años en aquel entonces, recordar eso me iluminó el rostro. Me detuve enfrente de la facultad y vi muchas cosas que nadie más a mi alrededor podía ver. Me sentía muy feliz.
Como muchas otras tardes al salir de la facultad, me dispuse a esperar la B, la línea de bus que me lleva a casa. En la espera, me emocioné al ver que el vendedor de golosinas seguía en el mismo kiosco de siempre en la esquina del paradero. Con una sonrisa muy amplia, me acerqué donde él y le compré lo de siempre: tres caramelos de limón. Me presenté y le dije que solía ser uno de sus regulares hace algunos años. Aunque no me pudo recordar, el señor estaba alegre de ver un graduado de vuelta por la escuela. Pronto me despedí y decidí que era mejor caminar de vuelta al barrio.
En el trayecto a casa pasé por uno de los barrios a los que solía ir con mis amigos en las vacaciones de verano. Pasé por el parque de La Cultura y en una esquina la vi. No había cambiado mucho en todos estos años. ¿Me recordaría con la misma facilidad que yo? La verdad es que nunca conversamos más de dos o tres veces y hacía tanto tiempo desde aquello.
Con cierta tensión avancé donde ella. Un holaquétal súper efusivo de su parte me dio la tranquilidad necesaria para soltarme y conversar con naturalidad. Hablamos de mi viaje, de su nuevo trabajo y de otros temas más con esa curiosidad propia de dos que no se ven en años. ‘Tala’, recuerdo que le dije emocionado, ‘te ves muy bien.’ ‘¡Cómo ha pasado el tiempo Tala!’
Nuestra conversación siguió, pero en algún momento la alegría de Tala dio lugar a una cierta inquietud que no conseguía entender. Parecía que hubiese recordado algo malo de manera repentina. Algo la molestaba, era evidente en las repetidas veces en que miraba de un lado a otro y en la insistencia con la que se rascaba el cuello. No sé qué le pasó, pero pronto nos despedimos.
Después de dejarla, el gesto gris de Tala al despedirse, desdibujó la alegría de saberme de vuelta en la ciudad. No volví a sonreír hasta que llegué a mi barrio y me encontré con mi vecino. No pasó mucho antes de que le comentase mi inquietud por mi encuentro con Tala.
‘Cuéntame todo, tigre,’ me dijo el loco del barrio con una risa burlona que francamente me pareció fuera de lugar. Y yo pues le comenté de cómo Tala me había recibido con efusividad. Y Tala se veía feliz y muy bien, y Tala esto y Tala lo otro.
7 de febrero del 2008
-‘Espera ón,’ me cortó el loco.
-¿Qué?
-¿Cómo le decías?
-¿A quién?
- ¿A Zoila?
-¿A quién?
-Oe ón, ¡la cagaste pe!
- ¡Oye!, ¿De qué hablas?
- ¿Qué no sabes? A Zoila siempre le han dicho ‘Tala’, pero ese es su apodo no más.
- ¡¿Qué?!
- Ta que tas en nada oe…a ella le dicen Tala pe, 'ta la huevas' , por lo fea.

2 comments:
jajajajjajaja esta buena esta!!! aunque ya me la habias contado, jajajaj!!
JAAAAAAAAAAAAAA lo maximo!!! mal bro malll!!!
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