El apagón


Adinerado y engreído. Flaco, algo narizón y bastante alto pare tener 15 años, así era Marlon. En época de clases no salía mucho, pero en las vacaciones de verano se le veía en la calle prácticamente todo el día. Aquel verano no fue la excepción, así que nuestro buen amigo se la pasó entregándose sin reserva alguna a los placeres y emociones que sólo esos largos días de verano saben brindar a colegiales de toda edad.

En las mañanas no había mucho de donde escoger: si no eran los juegos de video era ver tele en casa. Había que esperar hasta después del almuerzo para lo realmente bueno: los partidos de fútbol con toda la gentita de la cuadra. Al igual que sus amigos, Marlon se alistaba para los partidos con ropa y zapatillas de la misma marca que usaban los futbolistas en la tele. Y claro, tan importante como ganar el juego era impresionar a las chicas que se reunían en el parque para verlos jugar.

Ya que hablo de chicas, es ineludible mencionar que a Marlon nunca le fue muy bien con las féminas de Monte Carmelo. Nuestro amigo era consciente de esto y la culpa...

- (En tono desafiante) La culpa de todo la tiene mi vieja que no me dejaba salir mucho. ¿Cómo se iban a fijar en mí las chicas si casi nunca estaba en la calle? ¿Cómo pues, a ver dime ojón?

-¿Marlon? Vaya, qué sorpresa, de veras. Hace tanto tiempo que…

- Mira ojón, no te emociones ni me palabrees. ¿Qué es eso de que (imitando mi voz) 'nunca me fue bien con las féminas? ¿Y qué es eso de féminas?, chicas no más ojón, no te esfuerces'

- Marlon, soy yo quien cuenta la historia. No te metas por favor.

- Ahh...ya sé lo que quieres contar.

- Mira, la verdad es que no lo sé bien aún. Lo que sí sé es que si nunca te ligó con ninguna de las chicas de Monte Carmelo era porque tú no eras precisamente el más simpático de la cuadra.

- (En tono burlón) ¿Mira quién habla? Tú que sólo salías con las que otros dejaban.

- Marlon, Marlon… estaba a punto de contar lo que te hizo Amy, pero mejor lo dejo allí.

- (Frotándose las manos con nerviosismo) No sé de lo que hablas, pero no tengo miedo a lo que cuentes. Total, todo lo inventas.

-No tienes miedo, ¿eh? Te tomo la palabra entonces.

Aquella años adolescentes de Marlon fueron una época tumultuosa. No sólo había una hiperinflación que devastaba el país, atentados terroristas en todas las grandes ciudades mantenían al país en un perenne estado de angustia. Bombas en bancos, en embajadas, en sedes de compañías multinacionales y hasta en zonas residenciales como Monte Carmelo eran todos tristes eventos en aquellos años.

- (Remedando mi forma de expresarme) Y así pues, con tanto atentado en las calles, había apagones todos los días y nuestras madres no nos dejaban salir...Qué aburrida tu historia, ojón ¿A quién le importa la época del terrorismo en un lugar como el nuestro? Mejor me largo, cuenta lo que quieras.

Claro que sí Marlon, gracias por dejarme continuar. Decía entonces que los atentados terroristas eran cosa común en aquella época. Una noche Marlon y algunos de sus amigos se procuraron unos de los rincones más oscuros en un parque para hablar de sexo como solo saben hacerlo aquellos que aún no lo han experimentado. Hablaban pues del tema con mucho entusiasmo y ganas cuando, de repente, se fue la luz en media ciudad. Habían vuelto a volar una central eléctrica.

Con el apagón, la noche se hizo más espesa y la conversación mucho más intensa. Refugiados en lo espeso de la noche - hasta los autos dejaban de circular cuando se iba la luz - se hablaba de la sensualidad de las formas femeninas sin reservas de ningún tipo. Cada historia era más intensa y explícita que la anterior. Seguir con tanto relato sensual y explícito rayaba ya en lo insostenible. ¿Qué hacer con tanta excitación en el grupo?

Nos les tomó mucho tempo descifrar el melódico sonido que los tacones producían, se agazaparon bien y, justo cuando pasaba cerca, todos ellos salieron con fuerza, como gallinazos (como planeadores pensó Marlon). Liderados por Marlon, fueron seis los que la envolvieron sondeando cada rincón sobresaliente de su cuerpo. Alocado y rápido, muy rápido, así fue el manoseo ciego e inmisericorde sobre aquella chica uniformada. Aquella chica de 20 años que a pesar de lo espantada supo repartir sus buenos puñetazos con una vehemencia que solo cesó en el instante preciso en que la luz volvió en las calles.

¡No! ¡No cuentes eso ojón!

En el instante preciso en que ella lo reconoció y, llena de histeria con el rostro desencajado, gritó: ‘¡Marlon!, ¡Marlon!, ¿Qué has hecho estúpido? ¡Le voy a contar a mi mamá! ¡¿Cómo se te ocurre… con tu propia hermana?!’



10 julio del 2007