La biblioteca

Libraries remind me of how little man knows.
E. von Ried








Los hechos que a continuación referiré están basados en las vivencias de alguien a quien nunca he conocido más que a través de sus manuscritos. Recogidos en nueve volúmenes (ó 1.897 páginas que es lo mismo), lo minucioso de sus largas reflexiones en una serie de diversos temas han consumido muchas horas de preciosas lectura. Aunque me cuesta imaginar su rostro, puedo aseverar que conozco mucho de esta singular mujer. Y es que sus escrupulosos e íntimos apuntes y sus decenas de ilustraciones me han permitido llegar a conocerla en un grado que quizá le sea ajeno hasta ella misma. Siempre habré de rehusarme a discutir los pormenores de cómo llegaron a mí estos manuscritos. Espero que les sea suficiente saber que ella ya no se encuentra entre nosotros.

Hace algún tiempo ella trabajó en una biblioteca en Atenas. Una ciudad que, aparte de algunos edificios y contadas estatuas, tiene muy, pero muy poco de griega por cierto. Recordaba yo anoche sus reflexiones acerca de la primera vez que envió un correo electrónico a sus amigos en el extranjero contándoles de su nueva vida en Atenas. Todos ellos se emocionaron y pensaban ya en visitarla en Grecia. Cuando se enteraron de que se refería a Atenas en los Estados Unidos, la emoción desapareció; de hecho, ninguno de ellos la visitó ni una sola vez durante los cuatro años que pasó aquí.

Su trabajo en la biblioteca era bien aburrido y le pagaban seis dólares la hora. A parte de entrar y salir de ascensores para clasificar libros en alguno de los varios pisos de la biblioteca, tenía que hacer sólo una cosa más: quitarle el moho a todos aquellos libros que se habían mojado durante el apagado de un incendio que afectó un par de pisos del edificio. Todo esto algunos meses antes de que ella llegase a Atenas. Trabajaba en este lugar los lunes y martes y cada día entraba pensando en lo que le iba a tocar experimentar ya sea en el siempre caótico primer piso o en los desérticos pisos superiores.

Hay una ilustración magnífica (digna de la talentosa pintora en la que habría de convertirse) que expresa la impresión que le causó su primer día en la biblioteca. Pese a lo detallado de la ilustración (en la que se puede leer hasta los lomos de varios libros), su rostro está hecho de trazos más bien simples. Aun así, se la puede ver estupefacta, tapándose los oídos ante el ruido y caos del primer piso. Todo el desbarajuste que el dibujo muestra se ve verdaderamente como un acto fuera de lugar en una biblioteca, ¡una señal de que el final de los tiempos se acerca!, escribe ella bajo la ilustración.

Lo más chocante fue darse cuenta que ese caos era cosa de todos los días. Así pues, escribe que en una de las salas de cómputo del primer piso sucedía de todo. Por ejemplo, si hablamos de los estudiantes, sus celulares siempre sonaban, el aviso de papel de apagar celulares, era pues solo eso: un papel, y muchos eran contestados en voz alta por sus dueños sin que les importase en absoluto que sus vecinos estuviesen concentrados en algún quehacer académico. Algunos estudiantes, que no eran los peores, se quedaban allí y mantenían sus conversaciones, casi siempre superfluas, en un tono tan alto que podían ser escuchadas por ajenos, como ella por ejemplo, que a menudo pasaba por allí con su carrito lleno de libros. Las protestas de aquellos dispuestos a estudiar jamás se hicieron esperar, pero siempre estuvieron lejos de ser efectivas. Y es que eran mudas: miradas reprobantes, bocas que mordían puños, cabezas que se movían de un lado a otro, orificios nasales que se dilataban. Todas protestas mudas que no alcanzaban las consciencias de aquellos sinvergüenzas que respondían a sus celulares. En fin, sigamos.

Para mediados de su segundo mes reconocía ya a muchos en la biblioteca. De esos muchos, se saludaba con algunos y de esos algunos muy pocos mostraban interés en conocerla más allá del Hola -¿Cómo-estás?; la mayoría era amable con ella eso sí, pero su conversación nunca pasaba de preguntas generales. No importaba que ella les preguntase sobre otros temas, pronto se despedían y se alejaban. Le parecía obvio que no estaban interesados en tenerla de amiga cercana. Nicky la pelirroja es a quien usa como ejemplo para explicar la apatía de los otros trabajadores en torno a ella. En concreto, podemos decir que Nicky era aquella chica que siempre se ponía bastante intranquila cada vez que tenían que hablar. Me parece que los dibujos que hizo de Nicky son más elocuentes que sus palabras al describirla. En ellos, Nicky siempre es retratada con una sonrisa forzada, una sonrisa a medias. Otro detalle es su constante mirar hacia a los lados mientras gira sin cesar el reloj en su muñeca o se rasca el cuello con impaciencia.

Al principio le chocó ver como se ponía por su presencia y trataba de evitarla también, pero con el tiempo aprendió a ignorarla. Luego hasta procuraba encontrarla en algún rincón olvidado de la biblioteca y abordarla sólo para fastidiarla.

Al final de su cuarto mes en el trabajo se convenció de que la mayoría de los que trabajan en la biblioteca eran como la mayoría en sus clases; o sea como la mayoría de la gente con la que interactuaba en Atenas: personas poco pacientes con aquellos que se veían diferente y hablaban inglés con acento extranjero. Cierto su situación no era tan extrema como las de los Latinos o la de los African-Americans, o negros como decía la gente a sus espaldas, pero igual de nada servía que tuviese la piel tan blanca como ellos, creo que solo veían lo rasgado de mis ojos.

Después de medio año trabajando en la biblioteca se había acostumbrado a la soledad y el silencio de los pisos superiores. Desde el segundo al séptimo, la biblioteca era en un verdadero sitio de estudio con varios espacios discretos donde se podía estudiar sin distracciones, pero aquellos espacios permanecían vacíos en su mayor parte. La excepción eran los cuatro o cinco estudiantes que solía verse en cada piso.

La primera vez que le comentó a Claire sus impresiones acerca de los pisos superiores, Claire le hizo la observación de que los audífonos (siempre escuchaba música desde su celular) no sólo no la dejaban escuchar sino que tampoco la dejaban ver todo lo que pasaba a su alrededor. Claire era una de las pocas estadounidenses que parecía no detenerse en su inglés acentuado o en lo breve de sus ojos. Fue Claire entonces quien le hizo ver que la biblioteca era mucho más que un lugar ruidoso.

Así que un buen lunes soso con sabor a mañana de domingo, Claire decidió que iba a mostrarle los esqueletos de la biblioteca. “No te diré nada de nada, vas a ver por ti misma,” le dijo tomándole las manos con emoción. Después de eso hicieron lo convenido: cambiaron de piso. Así en vez de ir al tercero, ella fue al quinto y Claire fue dos pisos más abajo. Claire la embarcó en el ascensor con estas coordenadas: “Quinto piso, a mano derecha del baño de mujeres.” Cuando se abrió el ascensor, justo en frente de ella, detrás de un carrito de libros idéntico al suyo, un chico de apariencia extraña la saludó. Ella sabía que ya lo había visto antes en algún lugar. Delgado, no mucho más alto que yo, de cabello rizado amarrado en un moño, piel oscura y con rasgos toscos y finos en su rostro, era un mestizo guapo. Él le preguntó su nombre y ella lo pensó dos, tres veces, antes de responderle. Julia, dijo, era su nombre estadounidense. Su nombre real era – lo había comprobado docenas de veces – impronunciable para casi todos en Atenas.

Dijo llamarse Mick y que la había visto varias veces ya en la biblioteca donde él también trabajaba. Sonrió y se sonrojó como solo sabe hacerlo una mujer tímida e insegura. Nerviosa le preguntó qué música estaba escuchando (tenía unos audífonos alrededor del cuello) y replicó que no era música sino más bien una ponencia que había grabado para que le ayude a escribir un trabajo. Poca acostumbrada a que chicos de otra raza le hablaran y la miraran directo a los ojos, roja por fuera y aún más por dentro, sintió que estaba llegando al punto en que sus ojos empezaban a ponerse acuosos por el bochorno. Mick notó esto y sonriendo dijo que le iba a gustar the fifth door. No se equivocó, dijo door en vez de floor. Lo primero que le vino a la mente fue el libro de William Blake que estaba leyendo. Solo después se le ocurrió que, quizá, Mick sabía también de los esqueletos que Claire había mencionado. Al pensar en esto, la imagen de Mick, sonriendo amplio al despedirse, le pareció grotesca y tuvo que tomar aliento muy hondo para sacársela de la mente.

Casi susurrando, se reconfortó a sí misma y se dijo que estaba imaginado cosas y que lo más probable era que Claire estuviese bromeando. Recordando las coordenadas dadas, tomó pues su derecha, sin notar que una chica la miraba sonriendo desde una mesa a su izquierda. El ruido del carrito que empujaba reverberaba en el amplio espacio del quinto piso, decidió entonces dejarlo a un lado y avanzar con cuidado hasta el fondo de un pasadizo que desembocaba en otro más ancho. Desde allí, oculta entre gigantescos anaqueles, tendría una vista amplia de la zona alrededor del baño de mujeres.

Y allí estaba. Era la única persona en esa parte del quinto piso. Estaba sentado, desparramado más bien, mirando al techo, ocupaba el centro de una de esas largas mesas que suelen encontrarse en las bibliotecas. Alrededor de él, rumas de libros. Frente a él, una laptop. Pocos pasos más allá: el baño de mujeres. No pasó más de un minuto antes de que notara que su mano izquierda se deslizaba ávida por debajo de su buzo. Quise repugnarme, pero la libido se impuso. Pensé en irme, pero la inesperada entrada de una chica al baño, la hizo quedarse. Vio entonces las dos manos del tipo acomodándose el cabello; quería lucir bien. Se puso de pie y noté que el maldito estaba erecto; así, erguido y decidido, avanzó hacia el baño.

Tenía que evitar que entrase, ¡era un enfermo! Cuando estaba a punto de tirar una enciclopedia al suelo para asustarlo, el tipo se detuvo en el bebedero al lado de la puerta. Se lavó las manos allí y, acto seguido, empezó a caminar hacia los anaqueles en el rincón. Me había visto, pensó ella; pero no. Avanzó sólo unos pocos pasos y se ocultó detrás de un muro; el comienzo, el final, del corredor que habría de tomar la chica al salir del baño. ¿Qué quería hacer? ¿Sería que él la conocía y todo era una broma? Quizá eran pareja y yo estaba viendo todo desde la perspectiva equivocada.

Su corazón latía rápido mientras llena de nervios se mordisqueaba un dedo, por fin la chica salió del baño y tomó la misma dirección anticipada por el chico. El ruido de la puerta del baño le anunció que ella había salido; el de sus sandalias, que ella venía en su dirección. Segundos después, ellos se topaban en un choque fingido y libidinoso. El golpe tuvo el cálculo suficiente para que los cuerpos se rozasen sin dejar lugar a dudas. Indignada, salí corriendo de allí.

Cuando le comentó todo esto a Claire, Claire la llevó a la oficina de seguridad de la biblioteca. Allí se encontraron con la chica de las sandalias, contó su versión con vergüenza y al rato sacaron al pervertido de la biblioteca. Dos días después supo que lo expulsaron de la universidad. En cuanto a la chica, ella se graduó pronto y dejó Atenas en el verano.

Claire luego le explicó que ella en realidad la había llevado allí para que vea a una pareja de lesbianas que a menudo entraban juntas al baño del quinto piso. El tipo al que vio ya había sido advertido otras veces, aunque nunca visto. La gente que trabajaba en la biblioteca había notado que - en el tercer piso a veces y en el cuarto a menudo - las mesas de estudio solían ser encontradas demasiado cerca al baño de mujeres. Al principio no notaron el hecho, pero, luego, después de muchos meses al parecer, un par de trabajadores coincidieron en un bar, comentaron el hecho y decidieron que algún pervertido las movía para poder espiar a las chicas.
Su relación con Claire cambió un poco después de esto y finalmente dejó de existir cuando Claire se mudó a Rumania para trabajar como profesora de inglés.

Más sola que al principio, se comenzó a esconder, literalmente, tras los estantes de libros. Cada día se esforzaba mucho por evitar cualquier contacto con otros trabajadores. Sólo salía de sus cavernas de libros cuando divisaba una cara preocupada en busca de algún material esquivo. Le gustaba mucho saberse de provecho y siempre se quedaba con una amplia sonrisa viendo a la gente partir con los libros que buscaban.

Cada día más a gusto en sus cavernas, comenzó a oír las cosas de las que Claire le había hablado: gemidos masculinos que salían del baño de hombres del tercer piso; gemidos más contenidos de chicas que tenían relaciones sexuales en los baños del quinto o sexto piso en las últimas horas de la noche. Oyó también la madera crujir cuando arrancaron la puerta del baño de hombres del tercer piso; la respuesta desesperada de la administración para evitar los encuentros homosexuales en aquel piso.

En algún otro momento de su vida, quizá hubiese aprovechado la abundancia de estos encuentros para plasmarlos en los cuadros que ya había empezado a pintar en Atenas. Sin embargo, el equilibrio emocional y las ganas de hacer cosas le eran esquivos desde hacía mucho. Su reclusión social se había pronunciado al punto de que su único contacto con la cultura local tenía lugar a través de periódicos y de las cosas que veía en la tele.

Por aquellos días hubo un incidente en una universidad en Virginia donde un joven desquiciado de origen coreano mató a 32 personas antes de suicidarse. Aunque no soy coreana, supongo que la gente ve a muchos de los asiáticos iguales. De hecho, ¿Eres de China? fue quizá la pregunta que más le hicieron en Atenas en los cuatro años que pasó aquí.

La matanza que causó aquel muchacho pareció impactar a varios coreanos en la universidad, al punto que se les dejo de ver en varios lugares donde solían ser regulares. En cuanto a ella, aunque ya se había acostumbrado a los susurros impertinentes cada vez que pasaba al lado de estadounidenses, no se pudo controlar en cierta ocasión camino a casa. Mientras esperaba luz verde en un semáforo, un auto se acercó al suyo y al voltear vio a un tipo que le mostró su dedo medio gritándole: ¡Vuelve a tu casa, china! Aquello fue demasiado, así que se quebró en el auto y el llanto la acompaño en su departamento, mientras se duchaba, cuando cenaba…no podía seguir así tan mal, tan sola.

Algunas noches después se encontró contemplando una luna llena desde el sexto piso de la biblioteca. Pensó muchas cosas mientras veía los varios minutos que faltaban para la medianoche:

Reflexioné que estaba envejeciendo allí parada, que la vida pasaba y que la piel tersa que envolvía mis brazos y manos se secaría y mancharía. Estaba envejeciendo, estaba muriendo de pie, me sentí pesada en el vientre y me mareé.

Comenzó a caminar sin convicción…de repente, cayó al suelo y empezó a gatear muy, muy lento hacia una esquina. El mareo era fuerte, pero un cierto calor, un hormigueo la hacía avanzar.

El hormigueo se extendió desde mi entrepierna hasta mi estómago y de allí hasta mi cuello. La humedad era obvia. El ruido bajo, pero definitivo. Era una chica gimiendo y murmurando obscenidades en inglés. Su ropa interior estaba al lado de su cabeza y sus pantalones colgaban desde su pierna derecha. Estaba siendo tomada allí frente a mí por un tipo que tenía la mirada fija en la pared. Sé que en otras circunstancias me les hubiese unido de alguna manera; quizá desde lejos, quizá allí en la mesa.

Le comenzaron a quemar las caderas y el estómago…se mareó y no vio la cara de la chica cuando le dijo: “¿Qué nunca has visto a dos personas teniendo sexo?” Se irguió, intentó avanzar, pero perdió el equilibrio y cayó entre los pantalones del chico donde, temblando de nervios, vomitó amplio y espeso.

El ruido que causaron estos tres no fue ignorado y atrajo a más de un curioso. Sin proponérselo, había descubierto en flagrante a Nicky la pelirroja y a un estudiante juntos. Después de los despidos correspondientes, un periodicucho local comenzó a buscarla para entrevistarla sobre su intuición para captar encuentros íntimos prohibidos.

Harta de tanta apatía y pena, finalmente decidió dejarnos. Me pregunto que diría ella si se enterara de que aún hasta el día de hoy, 10 años después de aquel incidente, la gente de la biblioteca sigue hablando de ella.

Athens, 29 de mayo del 2007