Apretaron el paso no tanto por el frío sino por miedo a ser sorprendidos. La garúa rayaba en lluvia ya y llevaban la prisa de los ansiosos. Dentro del edificio, él, por fin, tomó la iniciativa. Enunció su nombre completo, pero evitó dar su primer nombre. En un rincón, ella sometía su labio superior a una intensa presión mientras sus manos estrujaban sus codos. Los colores opacos y la ausencia de espejos en la sala la hacían sentirse protegida. Los varios helechos y orejas de elefante - se imaginaba ella - la ayudan a camuflarse. Se preguntó si la decoración habría sido pensada por una mujer.
El joven frente a los registros se estaba tomando su tiempo, ¿Qué pasa con este ganso? Después de un par de minutos, éste se atrevió a hablar, y lo hizo entre dientes:
- Señor Lamas, ah..., un segundo por favor.
- ¿Un segundo?, ¿Qué pasa?
- Eh... nada señor Lamas, eh...nada malo je, je...
- Bueno, entonces, por favor déjanos partir.
- Eh...lo que pasa es que...señor, eh...permítame hablar con usted en privado un segundo.
- Amigo, como comprenderás este no es el momento. Nos vemos luego.
- Señor Lamas, la verdad es que esto es un asunto privado.
- ¿Privado? No sé de qué hablas. Mira hermano, lo que sea que tengas que decirme, me lo dirás después, ¿ok?
- Señor. Usted no entiende, no puedo dejarlo pasar. Y quiero evitar problemas.
- ¿Evitar problemas? ¿Me estas amenazando? No puedo creerlo. Oye tigre, mira, ubícate y déjame en paz. No tengo la menor idea de lo que hablas.
- Bueno, señor ya que usted insiste se lo diré frente a la señorita: Tengo una nota de la gerencia aquí que dice bien claro que no lo puedo dejar entrar a nuestro local. En vez de eso, debo cobrarle el monto que usted nos debe. En total, son 100 dólares por la cama que usted, o su acompañante, rompió en la habitación 327 exactamente el día 27 de agosto, o sea anteayer.
Todo comenzó a verse torpe y pesado a partir de ese instante. Ella salió disparada hacia la calle y él no la siguió. Los gritos del señor Lamas (una formalidad en realidad para alguien que no pasaba de los 23 años) eran lo bastante altos para poder escucharlos desde el jardín afuera de la recepción. Pudieron haber llegado a los golpes, pero el recepcionista lo dejó sin argumentos cuando - para demostrarle que Marlon Lamas Da Ponte ya había estado allí anteayer - le mostró ese mismo nombre, con la firma respectiva, en el registro. Y sí. Allí estaba la firma, la exageradamente falsa firma de su padre. Qué irónico. De chicos, él le había enseñando a copiar la firma de papá. No la había vuelto a ver desde la época de la secundaria. ¿Y el nombre? Obviamente, ambos hermanos eran Lamas Da Ponte y ambos también compartían el mismo segundo nombre, aquel que, lo sabía ahora, ambos hermanos daban en vez del primero cada vez que se registraban en lugares como éste.
No puede ser. ¿Qué no se da cuenta este mequetrefe de lo incómodo que es todo esto para una chica? ¿No ve acaso que estoy a punto de desangrarme la boca?
Vaya que tiene una actitud firme, algo bueno al menos. Porque la verdad es que aún no estoy muy segura de cuán lejos me pueda embarcar con él. Aunque cada vez me parece más sincero con eso de su ‘total devoción’ para mí...
Hmm...algo está mal aquí. Ay, ¿Por qué tengo que verme envuelta en cosas así?
30 de noviembre del 2006

2 comments:
Hola, gracias por su visita a mi blog, espero que vuelva a visitarlo en otra oportunidad, porque a diario subo poesia nueva.
Visité su blog y me encantará tomar el tiempo para leerlo todo y despacio... gracias por dejar su huella...Eileen
Merci pour la visite, Ray!
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